viernes, abril 21, 2006

Del Caos al Universo

Antes de existir el mar, la tierra y el cielo, continentes de todo, existía el Caos. El sol no iluminaba aún el mundo. Todavía la luna no estaba sujeta a sus vicisitudes. La tierra no se encontraba todavía suspensa en el vacío, o tal vez quieta por su propio peso. No se conocían las riberas de los mares. El aire y el agua se confundían con la tierra, que todavía no había conseguido solidez. Todo era informe. Al frío se oponía el calor. Lo seco a lo húmedo. El cuerpo duro se hincaba en el blando. Lo pesado era ligero a la vez. Los dioses, o la naturaleza, pusieron fin a estos despropósitos, y separaron al cielo de la tierra, a ésta de las aguas y al aire pesado del cielo purísimo. Y, así, el caos dejó de ser. Los dioses pusieron a cada cuerpo en el lugar que les correspondía y estableció las leyes que había de regirlos. El fuego, que es el más ligero de los elementos, ocupó la región más elevada. Más abajo, el aire. La tierra, encontraba su equilibrio, la más profunda.
Hecha aquella primera división, los dioses redondearon la superficie de la tierra y puso límites al airado mar. En seguida, añadió las fuentes, los estanques, los lagos, los ríos, corrientes por la tierra y devorados por el océano. Él mandó extenderse a los campos, cubrirse de hoja a los árboles, elevarse a los montes y a los valles hundirse. Y así como el cielo estaba dividido en cinco zonas- dos a la derecha, dos a la izquierda y una en el centro, que es la más ardiente-, así mismo quedó dividido el universo. De las cinco zonas la del medio quedó inhabitable por el fuego; las dos de los extremos quedaron envueltas en nieves; únicamente las centrales ofrecieron templanza a la vida. Sobre éstas se elevó el aire, más pesado que el fuego, pero menos que el agua y la tierra; y en él se dieron las nubes, la niebla espesa, los truenos que espantan a los hombres, los vientos que forman vorágines y los granizos. El autor del mundo estableció la armonía en esta región: sin ella se hubieran desecho entre sí los elementos. Al euro e hizo soplar hacia Oriente. Hacia el Occidente al céfiro. Al bóreas le empujó hacia el Septentrión, y al austro hacia el Mediodía. Y por fin, dejo que el Éter, sin peso y sin escoria, formase ese color azul que llamamos firmamento.

domingo, abril 16, 2006

De serpientes, jardines, árboles y destierros


Así como en el antiguo sistema mítico de Cercano Oriente, en contraste con el posterior sistema bíblico estrictamente patriarcal, la divinidad podía ser representada tanto bajo forma femenina como masculina, tampoco se encuentran, en los hallazgos arqueológicos de este período, signos que refieran a la ira divina o al peligro. El tema de la culpa, por ejemplo, no aparece unido al jardín. La bendición del conocimiento de la vida está allí, en el santuario del mundo y está disponible por lo que es otorgado a cualquier mortal que se acerque con el deseo y la disposición de recibirlo.
Si nos remontamos al lejano oriente, en la leyenda de Buda, cuando se coloca en el Punto Inmóvil bajo el Arbol de la Iluminación, ,el Creador de la Ilusión del Mundo, Karma-Mara (Deseo de la Vida y Temor a la Muerte), se acercó para amenazar su posición. Pero Buda tocó la tierra con los dedos de su mano derecha y entonces “la poderosa tierra atronó con cien, mil, cien miles rugidos diciendo: ¡te pongo por testigo! Y el demonio huyó” (Jataka). Entonces, alcanzó al Iluminación esa noche y permaneció absorto en éxtasis durante siete veces siete días en el transcurso de los cuales se levantó una terrible tempestad y un poderoso rey sepiente llamado Muchalinda, saliendo de su morada debajo de la tierra, envolvió con sus anillos el cuerpo del Buda siete veces y dijo “que ni el frío ni el calor, ni los mosquitos, ni las moscas, ni el viento, ni el sol, ni las criaturas que se arrastran se acerquen al Bendito” (Maha-vagga) Y cuando todo acabó, Muchalinda se desenroscó y tomando forma humana, puso sus manos en la frente y veneró al Buda.
En la tradición y la leyenda de Buda, la idea de liberación de la muerte recibió una interpretación psicológica nueva, que si embargo, no cambia el espíritu de la representación mítica anterior. Los viejos temas se elevan a un plano superior y se les dá una nueva inmediatez a través de su asociación con un personaje histórico verdadero, que había ilustrado su significación a través de su vida. Así, en esta leyenda, en el árbol cósmico, predomina una atmósfera de acuerdo sustancial en donde la diosa y su esposo la serpiente ayudan a su benemérito hijo en la búsqueda de la liberación respecto de las limitaciones innatas, la enfermedad, la vejez y la muerte.
En el jardín del Eden, reina una disposición diferente. Porque dios (Yavhé, en hebreo) maldice a la serpiente cuando se entera que Adán ha comido la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal, y dice a sus ángeles: “Mirad, el hombre se ha hecho igual a nosotros, conoce el bien y el mal, y ahora, para que adelante la mano y se acerque también al árbol de la vida y coma y viva eternamente...” por lo que lo expulsa del Jardín del Eden para que el mismo se ocupara de cultivar la tierra. Luego, Yavhé colocó un Querubín (leones-pájaros) y una espada flamígera para proteger el camino del árbol de la vida.
Debe observarse que en el contexto del patriarcado hebreo de la edad de Hierro (1000 a.C.) se invirtió la mitología adoptada de las anteriores civilizaciones del Neolítica y de la Edad del Bronce en las tierras que ocuparon y gobernaron durante algún tiempo, para presentar un razonamiento que se opone al original.
En esta línea, mucha de la simbología bíblica exhibe una ambivalencia inherente que no puede suprimir ningún énfasis retórico sobre la interpretación patriarcal. El mensaje emocional parece contradecir el relato verbal. Esta discordancia puede observarse en las tres religiones que comparten el legado del Antiguo Testamento: el judaísmo, el cristianismo y el islam.
La Biblia, no es la única fuente occidental de mensajes ambivalente. El legado griego muestra también una inversión en sentido similar.